Antes de nacer (2008)

Mantenía los ojos cerrados, sentía la brisa entrar en sus pulmones, exhalaba risas.
Su pelo rizado retozaba en su cara y el sol la avivaba.
El sonido del mar como una lucha de piedras, la espuma y las olas, formaban un ciclo perfecto.
Con los ojos cerrados jugaba a contar los cantos.
Los vientos: juraba que le hablaban, le estaban cantando una melodía sin letra.
Con los ojos cerrados sólo percibía el esplendor del día y jugaba a rimar versos, entonaba las melodías del viento, jugaba con su pelo, acariciaba la arena.
Imaginaba cómo su vestido rojo bailaba con la brisa, el viento era su orquesta.
Todo en el silencio, con los ojos cerrados, nunca vio tan claro.
Jugaba con sus manos, moldeaba al viento, cambiaba el tono, los tiempos, sus manos dirigían la orquesta.
Refrescaba su alma en la orilla, se paraba a contemplar el horizonte, nunca vio tan claro. Las nubes estaban en sintonía con el cielo azul, ambos tenían espacio en el reflejo del mar.
Atrás la calma de las aguas se impulsaba y se tornaba en bellas olas que marchaban con el viento. Y una esculpida silueta terminaba de mojar sus pies y los acariciaba con la espuma blanca como las nubes del cielo.
Con los ojos cerrados descubrió que estaba sola, nunca se había sentido tan tranquila, en armonía con la tierra.
El sol era una esfera radiante, brillaba como ninguna otra estrella, ese día brillaba más.
Las nubes le hacían sombra, en su mayor esfuerzo por no estropear la calidez del clima fresco.
La brisa sabía cuándo soplar y los vientos susurraban sus canciones en su oído, ella entonándolas las volvía hermosas melodías.
Las aguas gozaban con el viento y el reflejo, tranquilas atrás y adelante expiraban brisa apacible.

Estaba sola con los ojos cerrados, lo estuvo mucho tiempo.
Olvidó lo que era ver, no quiso saberlo nunca más.
Siempre supo qué pasaría si abría los ojos.
Estaría rodeada de gente en un clima seco, las aguas agotadas y sin vida, oyendo las exclamaciones de la arena al viento deseando respirar.
Estaría rodeada de carcajadas mezcladas con el masticar y beber de la gente.
Los llantos de los niños y los caprichos de los adolescentes.
Sus lujurias.
Las nubes estarían escondidas sobre una gruesa capa gris llenas de dilemas, confundidas sin saber por qué si ven el mar, no logran ver su reflejo.
No se ven porque el mar está muerto.
¿A dónde irían?
¿Qué podrían hacer con ese cuerpo yaciente que cubre más de la mitad del planeta?
Se estaba ahogando y, su muerte causada estaba yendo contra su único principio, estaba ahogando también a la tierra.
¿Qué haría si abriera los ojos?
Ya no podría llenar más a este mundo de lágrimas.
No lo soportaría.

Con los ojos cerrados su reflejo en el mar era el de una criatura hermosa, la obra de arte más perfecta creada por el más perfecto escultor.
Si abría los ojos, la impotencia de no poder ver su reflejo en el mar le iba a causar más ira, y en su mente se iba a ver como un animal que sólo iba a querer satisfacer sus deseos.
Sus impulsos exacerbados la iban a llevar donde nadie jamás pensó que podría llegar un hombre,
iba a cavar un pozo con sus propias manos,
iba a llenarlo de placeres y
se iba a enterrar hasta pudrirse tanto que incluso un pedazo de hierba iba a pensarlo dos veces antes de querer crecer allí.
Porque si lo racional no pensaba, lo irracional podía filosofar su propia existencia.

No quería ser rechazada ni por la propia naturaleza, no quería invertir la cadena trófica. Ella sabía que fue puesta en el mundo porque era la única dotada de inteligencia y voluntad para administrarlo, pero sabía que podía caer en la soberbia.
Fue creada con la capacidad de desarrollar confianza y de poder hacer cosas grandes, teniéndolo todo en tierra, mar y cielo para lograr su único objetivo, pero también sabía que tierra, mar y cielo se estaban arriesgando al disponérsele.
No quería ser ella la que iba a terminar consumiéndolo todo hasta el punto de perder la cabeza y consumirse a ella también.
No quería.
Ahogarse en un torbellino de emociones y codicias disfrazadas de gozo que sólo la iban a alejar aún más de su principio y de su fin.
¿Cómo lo sabía?
En sus raíces circulaba conciencia, y una chispa viva le revoloteaba dentro.

Con los ojos cerrados se sentó en la arena blanca: “te esperan”.
Derramó una lágrima, la tierra se estremeció.
El viento con un soplido le secó la mejilla y con sus susurros la hizo reír: “te esperan”
Pero volvió a ponerse triste, mar y cielo se juntaron y la envolvieron acurrucándola en su seno.
Las nubes la abrigaban, el sol la calentaba y la brisa la calmaba.
Soltó un suspiro:
“no lo entiendo”.

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