Lluvia (2005)
Me desperté en una noche de lluvia. En Jaén no llovía en invierno.
Esa vez sí llovió. Aún era joven, y soñaba demasiado.
Nunca tuve mayores aspiraciones, no era floja, pero si poco optimista. Cuando terminé mi secundaria apenas, a los 17, ya no tenía nada que hacer. Me pasé casi medio año ayudando a mi mamá en los quehaceres de la casa, aprendí mucho, incluso nunca antes me había percatado de que mi mamá sabía tanto.
Un día tuve un sueño. Me imaginé viajando por todo el mundo, imaginé qué había más allá, los climas, las vistas, las texturas. Tuve ganas de irme de casa y aventurarme al mundo.
Tardé casi una semana en pensar cómo se lo diría a mis papás. Sabía que me iban a decir que no iba a sobrevivir porque nadie me iba a aceptar en ningún lugar si es que alguna vez iba a necesitar trabajar para poder sobrevivir. Me dijeron que por qué no estudiaba y me quedaba dentro del país.
Mi familia no era mediocre, mi papá era el único administrador de Jaén, se había ido a estudiar cuando era joven, pero quiso regresar a trabajar en su tierra. Mi mamá no había estudiado nada, sólo primaria, pero había aprendido mucho. Cuando mi papá viajaba, ella también lo hacía y aprendía mucho. Mi familia era inusual, porque yo era la única hija, y era mujer. Generalmente en Jaén se tenía hijos hasta llegar a tener un hijo varón que sea luego la cabeza de la familia. En mi familia no fue así, era distinta.
Mi papá quiso que me vaya a estudiar administración o alguna otra cosa y que trabaje pues no iba a poder pagar mis viajes si no trabajaba. No me había dado cuenta que no tenía dinero para comenzar el viaje. Con lo que aprendí de mi mamá, trabajé en Cajamarca como lavandera y cocinera por casi un año. Luego de eso, mis papás tomaron la decisión y me dejaron ir pues creían en mí.
Primero me fui a Trujillo y vi unos paisajes hermosos. Pasé por Ancash, toda la costa y me fui a Huaraz, Yungay. Me encantó y me quedé ahí. Nuevamente Trabajé como cocinera en una casa. Se asombraron de que era de muy corta edad y que tenía buena sazón. Viví en Huaraz por cuatro años, pues me había enamorado del lugar. Siempre iba a Yungay y me quedaba todos los días que podía ahí.
En el último año de estancia, un domingo que estuve en Yungay vi que un joven había estado ahí antes, y ese día estuvo desde muy temprano tomando fotos. Me dio curiosidad que haya estado todo el día tomando tantas fotos al mismo lugar. Me acerqué y traté de hacerle conversación, pero al parecer no me escuchaba. Me alejé y lo seguí observando. Me volví a acercar y seguía sin escucharme así que me paré frente a él. “¡¿Qué carajo haces?!” fue lo que me dijo. “Como no me escuchaba pensé que a lo mejor era sordo.” le respondí. Se rió al parecer de lo que dije y se volteó a seguir tomando fotos. Como sabía que sí me escuchaba le comencé a hacer preguntas. “Por favor guarda silencio, sino te voy a pedir que te retires, me estás interrumpiendo” fue lo que dijo. Traté de quedarme callada pero la curiosidad me mataba. Finalmente, luego de una larga espera bajó la cámara. “Soy fotógrafo” y comenzó a caminar hacia la salida. “Por si no te has dado cuenta” guardando la cámara, se acercó a una camioneta 4x4 de dos puertas, me acordé de esas que pasaban en Jaén con turistas. Lo seguí.
“¿Eres de acá?” Me preguntó. Le respondí que no y traté de contarle mi historia, pero al parecer no estaba interesado. Finalmente logré que tuviéramos una conversación. Me contó que era de Lima y que estaba haciendo un proyecto, por eso había viajado. Se tuvo que ir.
Me fui a la casa de los señores y pensé en él toda la noche. Ahora más que nunca buscaba excusa para ir a Yungay. Lo vi un par de días más. Luego no lo encontré.
Pasó una semana y me olvidé de él. Un domingo fui a la plaza y me senté a alimentar a las palomas. Sentí una mano que tocó mi espalda, estaba fría.
“¡Me alegra haberte encontrado!” me dijo. Mis ojos se llenaron de lágrimas pues en ese momento esa frase fue mi vida entera. Nos quedamos toda la tarde hablando en la plaza. Anocheció y yo debía irme. Me invitó a tomar algo. Acepté.
Se llamaba Sergio, tenía 25 años, una hermana, un perro “Marlon”, vivía en San Isidro – no sé que era eso – le gustaba el café, los cigarrillos, la lluvia, el invierno. Había estudiado fotografía en la universidad Católica. Trabajaba en una revista, pero estaba de vacaciones, había decidido hacer un proyecto de exposición. Se iba en dos días. Quería irme con él.
Me llevó a la casa casi a las 12, y yo tan despistada que no le pregunté si lo volvería a ver.
Me acosté feliz. Soñé con él, en su carro. Me llevaba por las montañas. Sentía el motor de su carro vibrar en todo mi cuerpo. Veía su sonrisa, me veía en sus ojos. Estaba ahí. Estábamos subiendo la montaña, y su motor sonaba, lo oía sonar.
Me levanté. Eran las dos de la madrugada. Sentía su motor, lo oía sonar. Salí corriendo. Él estaba ahí, apoyado en el carro con los brazos cruzados. Veía su sonrisa, me veía en sus ojos. Corrí hacia él. Me abrazó. “Jamás en mi vida me hubiera imaginado esto, jamás” fue lo que dijo mientras me apretaba contra su cuerpo. “Ven conmigo, ¡vámonos a donde tu quieras!” Abrí los ojos, me aparté de él. Le di la espalda y me acerqué a la casa. No hablé. “Esto es una broma” La peor respuesta, lo peor que hubiera podido decir en toda mi vida. Me di cuenta de mi realidad. Lo conocía hace un mes, estaba enamorada de él. Y yo, ahí, en un buzo que me regaló mi primo hace dos años porque ya no le quedaba. Y él, se iba a su tierra; Lima.
Comenzó a llover. Yo estaba bajo el balcón. Él apoyado en el carro, los brazos cruzados otra vez. Mojándose. “¡ven que te estás mojando!” Me miró profundamente y lo sentí en mi pecho. “Ven tu, te quiero abrazar” Me desconcerté totalmente, el estaba allá, mojado, bajo la lluvia, yo seca, bajo el balcón. Lo conocía hace un mes, y me quería abrazar, bajo la lluvia. Me moría de ganas de correr y abrazarlo. Dudé, lo miré, me vi en sus ojos. Iba a dar un paso adelante, no lo hice. “¿Qué esperas, que deje de llover?” Me sonrió. Corrí hacia él. “Tamya, jamás me lo hubiera imaginado.” Le pregunté que cosa. Me contestó sonriendo “enamorarme así” me tomó las manos y me dijo mi nombre. “Me encanta la lluvia” se rió, y me miró, pícaro. Lo sentí dentro de mí. Me abrazó y me dijo “Anda que te vas a enfermar. Hoy sólo vine porque no podía esperar a verte. Duerme y vendré en la tarde. Piénsalo” Otra vez me desconcerté, pero tenía mis manos entre las suyas. Quise voltearme y caminar, pero mis manos aún las tenía él. Me acercó hacía él y besó mis labios. Me sacó el pelo de la cara y me sonrió. Me volteé y camine hacia la puerta, debajo del balcón. Esperó a que entrara a la casa. Volteé para despedirme, estaba bajo la lluvia, apoyado en el carro, con los brazos cruzados. Me hizo adiós y cerré la puerta.
“Le encanta la lluvia” dije apoyada en la puerta. Corrí al cuarto y me cambié de ropa. Me eché en la cama y me acordé de lo que me dijo “Piénsalo”. No pude dormir.
Al día siguiente me levanté un poco tarde. Me apuré y corrí a la cocina. Ya habían desayunado. La señora me llamó a preguntarme qué había pasado. Le dije que me disculpara que no había podido dormir.
Estuve todo el día pensando en él. Ya quería que sea de tarde y estaba ansiosa porque no sabía a qué hora exactamente podía llegar. Tampoco quería que en la casa se enteren.
Me puse a pensar en lo que me dijo. Luego pensé en cómo les diría a los señores que me iba a ir. Me acordé de mis padres.
Ya era como las cinco y media y no llegaba. Me comencé a preocupar. Ya casi terminaba de trabajar. La señora me dijo que limpie la cocina y me demoré más de lo normal pues en cada cosa que veía, me lo imaginaba a él.
Iban a ser las siete, y no había llegado. Terminé de limpiar y corrí al cuarto. Pensé en él. Quise acordarme de sus ojos, su sonrisa. Su pelo, mojado por la lluvia. Su voz.
Me eché en la cama y me quedé dormida.
Al día siguiente me levanté. Eran las cinco de la mañana. Se me aceleró el corazón y quise acordarme de qué es lo que había pasado. “Me quedé dormida” pensé. Luego lo susurré y corrí hacia la puerta. “¡Eran las cinco de la mañana, no te iba a esperar toda la eternidad!” La calle estaba desierta.
No sabía qué hacer, me puse a pensar en qué es lo que pudo haber pasado. Tenía miedo. Me senté en la vereda y comencé a llorar.
“Lluvia, no llores. Te irás conmigo” Era su voz. Me paré corrí hacia él lo abracé fuertemente.
Le dije que sí me iba a ir con él. Me esperó. Fui al cuarto, saqué mi maleta. La guardó en el carro. Fui donde los señores a agradecerles y disculparme. Aún así me pagaron.
Subí al carro y me contó que había estado esperando al otro lado de la esquina para que no vieran. Nos desviamos y fuimos a las montañas. La cordillera. Me acordé de mi sueño, y sentí el motor de su carro. Me tomó de la mano y me sonrió. Veía su sonrisa y miré sus ojos. Estaba ahí.
Paramos un rato y sacó la cámara. La puso sobre el carro. Estuvimos un rato entre las montañas. Me enseñó a tomar fotos. Subimos nuevamente al carro y partimos a Lima.
Me tomó la mano nuevamente y me dijo “Tamya, jamás me lo hubiera imaginado” sólo sonreí. Empezó a oscurecer y los paisajes cambiaron. Empecé a soñar. Luego una luz del cielo iluminó el camino por un segundo.
Ese sonido, tan peculiar, tan nuestro. Me tomó de la mano y me dijo “Tamya, en donde sea vas a estar siempre conmigo” me sonrió y la lluvia nos señalaba el camino.
Esa vez sí llovió. Aún era joven, y soñaba demasiado.
Nunca tuve mayores aspiraciones, no era floja, pero si poco optimista. Cuando terminé mi secundaria apenas, a los 17, ya no tenía nada que hacer. Me pasé casi medio año ayudando a mi mamá en los quehaceres de la casa, aprendí mucho, incluso nunca antes me había percatado de que mi mamá sabía tanto.
Un día tuve un sueño. Me imaginé viajando por todo el mundo, imaginé qué había más allá, los climas, las vistas, las texturas. Tuve ganas de irme de casa y aventurarme al mundo.
Tardé casi una semana en pensar cómo se lo diría a mis papás. Sabía que me iban a decir que no iba a sobrevivir porque nadie me iba a aceptar en ningún lugar si es que alguna vez iba a necesitar trabajar para poder sobrevivir. Me dijeron que por qué no estudiaba y me quedaba dentro del país.
Mi familia no era mediocre, mi papá era el único administrador de Jaén, se había ido a estudiar cuando era joven, pero quiso regresar a trabajar en su tierra. Mi mamá no había estudiado nada, sólo primaria, pero había aprendido mucho. Cuando mi papá viajaba, ella también lo hacía y aprendía mucho. Mi familia era inusual, porque yo era la única hija, y era mujer. Generalmente en Jaén se tenía hijos hasta llegar a tener un hijo varón que sea luego la cabeza de la familia. En mi familia no fue así, era distinta.
Mi papá quiso que me vaya a estudiar administración o alguna otra cosa y que trabaje pues no iba a poder pagar mis viajes si no trabajaba. No me había dado cuenta que no tenía dinero para comenzar el viaje. Con lo que aprendí de mi mamá, trabajé en Cajamarca como lavandera y cocinera por casi un año. Luego de eso, mis papás tomaron la decisión y me dejaron ir pues creían en mí.
Primero me fui a Trujillo y vi unos paisajes hermosos. Pasé por Ancash, toda la costa y me fui a Huaraz, Yungay. Me encantó y me quedé ahí. Nuevamente Trabajé como cocinera en una casa. Se asombraron de que era de muy corta edad y que tenía buena sazón. Viví en Huaraz por cuatro años, pues me había enamorado del lugar. Siempre iba a Yungay y me quedaba todos los días que podía ahí.
En el último año de estancia, un domingo que estuve en Yungay vi que un joven había estado ahí antes, y ese día estuvo desde muy temprano tomando fotos. Me dio curiosidad que haya estado todo el día tomando tantas fotos al mismo lugar. Me acerqué y traté de hacerle conversación, pero al parecer no me escuchaba. Me alejé y lo seguí observando. Me volví a acercar y seguía sin escucharme así que me paré frente a él. “¡¿Qué carajo haces?!” fue lo que me dijo. “Como no me escuchaba pensé que a lo mejor era sordo.” le respondí. Se rió al parecer de lo que dije y se volteó a seguir tomando fotos. Como sabía que sí me escuchaba le comencé a hacer preguntas. “Por favor guarda silencio, sino te voy a pedir que te retires, me estás interrumpiendo” fue lo que dijo. Traté de quedarme callada pero la curiosidad me mataba. Finalmente, luego de una larga espera bajó la cámara. “Soy fotógrafo” y comenzó a caminar hacia la salida. “Por si no te has dado cuenta” guardando la cámara, se acercó a una camioneta 4x4 de dos puertas, me acordé de esas que pasaban en Jaén con turistas. Lo seguí.
“¿Eres de acá?” Me preguntó. Le respondí que no y traté de contarle mi historia, pero al parecer no estaba interesado. Finalmente logré que tuviéramos una conversación. Me contó que era de Lima y que estaba haciendo un proyecto, por eso había viajado. Se tuvo que ir.
Me fui a la casa de los señores y pensé en él toda la noche. Ahora más que nunca buscaba excusa para ir a Yungay. Lo vi un par de días más. Luego no lo encontré.
Pasó una semana y me olvidé de él. Un domingo fui a la plaza y me senté a alimentar a las palomas. Sentí una mano que tocó mi espalda, estaba fría.
“¡Me alegra haberte encontrado!” me dijo. Mis ojos se llenaron de lágrimas pues en ese momento esa frase fue mi vida entera. Nos quedamos toda la tarde hablando en la plaza. Anocheció y yo debía irme. Me invitó a tomar algo. Acepté.
Se llamaba Sergio, tenía 25 años, una hermana, un perro “Marlon”, vivía en San Isidro – no sé que era eso – le gustaba el café, los cigarrillos, la lluvia, el invierno. Había estudiado fotografía en la universidad Católica. Trabajaba en una revista, pero estaba de vacaciones, había decidido hacer un proyecto de exposición. Se iba en dos días. Quería irme con él.
Me llevó a la casa casi a las 12, y yo tan despistada que no le pregunté si lo volvería a ver.
Me acosté feliz. Soñé con él, en su carro. Me llevaba por las montañas. Sentía el motor de su carro vibrar en todo mi cuerpo. Veía su sonrisa, me veía en sus ojos. Estaba ahí. Estábamos subiendo la montaña, y su motor sonaba, lo oía sonar.
Me levanté. Eran las dos de la madrugada. Sentía su motor, lo oía sonar. Salí corriendo. Él estaba ahí, apoyado en el carro con los brazos cruzados. Veía su sonrisa, me veía en sus ojos. Corrí hacia él. Me abrazó. “Jamás en mi vida me hubiera imaginado esto, jamás” fue lo que dijo mientras me apretaba contra su cuerpo. “Ven conmigo, ¡vámonos a donde tu quieras!” Abrí los ojos, me aparté de él. Le di la espalda y me acerqué a la casa. No hablé. “Esto es una broma” La peor respuesta, lo peor que hubiera podido decir en toda mi vida. Me di cuenta de mi realidad. Lo conocía hace un mes, estaba enamorada de él. Y yo, ahí, en un buzo que me regaló mi primo hace dos años porque ya no le quedaba. Y él, se iba a su tierra; Lima.
Comenzó a llover. Yo estaba bajo el balcón. Él apoyado en el carro, los brazos cruzados otra vez. Mojándose. “¡ven que te estás mojando!” Me miró profundamente y lo sentí en mi pecho. “Ven tu, te quiero abrazar” Me desconcerté totalmente, el estaba allá, mojado, bajo la lluvia, yo seca, bajo el balcón. Lo conocía hace un mes, y me quería abrazar, bajo la lluvia. Me moría de ganas de correr y abrazarlo. Dudé, lo miré, me vi en sus ojos. Iba a dar un paso adelante, no lo hice. “¿Qué esperas, que deje de llover?” Me sonrió. Corrí hacia él. “Tamya, jamás me lo hubiera imaginado.” Le pregunté que cosa. Me contestó sonriendo “enamorarme así” me tomó las manos y me dijo mi nombre. “Me encanta la lluvia” se rió, y me miró, pícaro. Lo sentí dentro de mí. Me abrazó y me dijo “Anda que te vas a enfermar. Hoy sólo vine porque no podía esperar a verte. Duerme y vendré en la tarde. Piénsalo” Otra vez me desconcerté, pero tenía mis manos entre las suyas. Quise voltearme y caminar, pero mis manos aún las tenía él. Me acercó hacía él y besó mis labios. Me sacó el pelo de la cara y me sonrió. Me volteé y camine hacia la puerta, debajo del balcón. Esperó a que entrara a la casa. Volteé para despedirme, estaba bajo la lluvia, apoyado en el carro, con los brazos cruzados. Me hizo adiós y cerré la puerta.
“Le encanta la lluvia” dije apoyada en la puerta. Corrí al cuarto y me cambié de ropa. Me eché en la cama y me acordé de lo que me dijo “Piénsalo”. No pude dormir.
Al día siguiente me levanté un poco tarde. Me apuré y corrí a la cocina. Ya habían desayunado. La señora me llamó a preguntarme qué había pasado. Le dije que me disculpara que no había podido dormir.
Estuve todo el día pensando en él. Ya quería que sea de tarde y estaba ansiosa porque no sabía a qué hora exactamente podía llegar. Tampoco quería que en la casa se enteren.
Me puse a pensar en lo que me dijo. Luego pensé en cómo les diría a los señores que me iba a ir. Me acordé de mis padres.
Ya era como las cinco y media y no llegaba. Me comencé a preocupar. Ya casi terminaba de trabajar. La señora me dijo que limpie la cocina y me demoré más de lo normal pues en cada cosa que veía, me lo imaginaba a él.
Iban a ser las siete, y no había llegado. Terminé de limpiar y corrí al cuarto. Pensé en él. Quise acordarme de sus ojos, su sonrisa. Su pelo, mojado por la lluvia. Su voz.
Me eché en la cama y me quedé dormida.
Al día siguiente me levanté. Eran las cinco de la mañana. Se me aceleró el corazón y quise acordarme de qué es lo que había pasado. “Me quedé dormida” pensé. Luego lo susurré y corrí hacia la puerta. “¡Eran las cinco de la mañana, no te iba a esperar toda la eternidad!” La calle estaba desierta.
No sabía qué hacer, me puse a pensar en qué es lo que pudo haber pasado. Tenía miedo. Me senté en la vereda y comencé a llorar.
“Lluvia, no llores. Te irás conmigo” Era su voz. Me paré corrí hacia él lo abracé fuertemente.
Le dije que sí me iba a ir con él. Me esperó. Fui al cuarto, saqué mi maleta. La guardó en el carro. Fui donde los señores a agradecerles y disculparme. Aún así me pagaron.
Subí al carro y me contó que había estado esperando al otro lado de la esquina para que no vieran. Nos desviamos y fuimos a las montañas. La cordillera. Me acordé de mi sueño, y sentí el motor de su carro. Me tomó de la mano y me sonrió. Veía su sonrisa y miré sus ojos. Estaba ahí.
Paramos un rato y sacó la cámara. La puso sobre el carro. Estuvimos un rato entre las montañas. Me enseñó a tomar fotos. Subimos nuevamente al carro y partimos a Lima.
Me tomó la mano nuevamente y me dijo “Tamya, jamás me lo hubiera imaginado” sólo sonreí. Empezó a oscurecer y los paisajes cambiaron. Empecé a soñar. Luego una luz del cielo iluminó el camino por un segundo.
Ese sonido, tan peculiar, tan nuestro. Me tomó de la mano y me dijo “Tamya, en donde sea vas a estar siempre conmigo” me sonrió y la lluvia nos señalaba el camino.
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