Tristeza profana (2006)

Érase una vez, en un país muy muy lejano, un monstruo muy peludo con 3 ojos y 6 manos.
Un día algún noble caballero había decidido asesinarlo, sin ni siquiera conocerlo, sin saber y sin pensarlo.
La doncella más hermosa cuando supo lo ocurrido, se dio cuenta al pensar que a su príncipe había perdido.
A la casa de un jinete, otro noble caballero, de nombre Elías, alma valiente, y corazón forastero, entró llorando la doncella y de frente se echo en sus brazos. Mientras el ama de llaves hervía leche y hacía lazos.
“Oh buen hombre que a sus brazos he llegado, mi marido está muerto, yo lo vi asesinado!”
El buen hombre al escuchar esto quedó muy herido, triste por aquella doncella que perdió a su marido.
Pero eso no importaba en esta historia sin trama, lo que quería este buen hombre era llevarla a la cama.
Le dijo “no os preocupéis que su marido regresará, ahora esté usted quieta, métase a la cama y ahí nomás”
La muy tonta le creyó, y enseguida se adentró, y ya en su despedida quedo profundamente dormida.
El jinete, pues, al verla con los dos ojos cerrados, se quedó en pantalones y se recostó a su lado.
Se veía muy tierna, tan sólo tenía 20 años, su cuerpo era perfecto, tan perfecto como un rayo.
Cuando a la media noche, la mujer se despertó, el hombre listo y preparado enseguida le besó.
Ella quiso de inmediato quitar de su boca aquel sabor, que le recordaba a tristeza pura y a pura traición.
Mas no pudo contenerlo y de la nada le agarró, le tomó a él la mano, y en su pecho la dejó.
Ambos estaban nerviosos, y el jinete suspiró, puso ambas manos en el pecho, palpitaba el corazón.
Felices por lo pronto y llenos de pasión, descansaban los dos jóvenes en un ambiente sin pudor.
De repente, de la nada a lo lejos se escuchaba unos pasos muy perversos, auspiciando gran entrada.
Los amantes concentrados no lograron escuchar, el silencio era infinito, iba hasta el más allá.
Luego un breve escalofrío se topó con ambos cuerpos, y dos balas de escopeta atravesaron del infierno.
Una bala le dio al pecho de la dulce y gran doncella, y la otra fue a parar al jinete, en la cabeza.
Milésimas de segundo tardaron en saber que sus vidas terminaron, y los hizo estremecer.
En la puerta de la casa se escuchó una gran patada, alguien había entrado, la persona estaba armada.
No tardó en entrar al cuarto en donde vio ya desangrando, a los amantes en la cama, entre sudor, risas y llantos.
Ambos jóvenes al voltear se dieron con la sorpresa, que el cazador pudo al fin conseguir a su presa.
La doncella al ver a su marido, hablo entre bullidos “al no verte yo pense que ya te había perdido”
El marido ya sin fuerzas, con lágrimas y sin ganas apuntó a su cabeza y le disparó las últimas balas.
Viendo a ambos cuerpos que yacían ya perdidos, les escupió todo el polvo que tragó en el recorrido.
Se tornó hacia la puerta y salió muy despacio, fue corriendo al bosque y se perdió entre sus brazos.
Sumergido en el río casi muerto de llorar, sintió unos pasos muy oscuros que a lo lejos oyó pasar.
Y ya con las pocas fuerzas que al pobre le quedaban, pudo abrir ambos ojos y alzar su mirada.
Un cuerpo muy tierno que miraba muy tranquilo, desde arriba del bosque hacia aquel hombre tan perdido.
A través de aquella agua ensangrentada y con sus llantos, vio después que aquél su cuerpo el corazón iba vaciando.
Era cuerpo de un gran ser, mas que no era un ser humano, se dio cuenta que era el ser de 3 ojos y seis manos.
Pidiendo perdón, y lamentando lo vivido el jinete agonizando logró despedir un gemido.
Una lágrima dorada pudo resbalar del ojo, se esparció entre el río y lo hizo muy hermoso.
Mil hadas aparecieron y danzaron sobre un nido, que estaba sobre el cuerpo que moría desvanecido.
Y dentro de aquel nido, pudo nacer otro gran ser, un ave muy hermosa, y colores del amanecer.
Esta ave voló lejos de aquellas hadas en masa, voló lejos entre el aire hasta llegar a la casa.
Se paró en la ventana y lloró las seis canciones, al ver a ambos cuerpos muertos y rotos los corazones.
Al caer virgen la noche y el mundo ya dormido, se oyó a lo lejos un infeliz alarido.
Y lo último que este mundo debería recordar, es que el corazón del ser no sirve más que para amar.

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